¿Quién
no ha escuchado o coreado en alguna
ocasión un chiste en que un catalán
prefiere verse despezado, en la
situación más ridícula que
imaginarse pueda, antes de abrir su
bolsa en lo más mínimo. Como en
otros casos –catetos, mexicanos,
gitanos... - la esperada carcajada
común sólo puede surgir si el
auditorio comparte y asume la esquemática
tipología paradigmática de la que
el chiste participa. La chanza es
pues sólo la cúpula visible de un
iceberg socio-ideológico que denota
prejuicios profundos.
En
el caso de la “catalanofobia”
–que es el que aquí nos va a
ocupar- forma parte de una actitud
extendida a lo largo y ancho de toda
la Península, de todas las
restantes naciones ibéricas. La crítica
acerba a lo catalán, la
identificación de Cataluña con la
arrogancia, con la tacañería, están
tan presentes en el sentir general
como pueden estarlo la igualación
de lo andaluz con la gandulería y
el jolgorio permanente o de lo vasco
con una imagen brutal rayana en el
salvajismo neardenthaliense. Son
todos estos, componentes tópicos
entrelazados, bases
interrelacionadas del edificio ideológico
escisionista propio del españolismo.
En
el fondo, sobre todos ellos, subyace
la ocultación de la auténtica
carencia de contenidos culturales e
históricos de la “españolidad”.
La “normalidad” española
se presenta así como resultado de
la negación sibilina de los
caracteres e historias nacionales.
La ridiculización de lo catalán,
lo vasco, lo andaluz, lo canario...
deja como resultado final la
excluyente preservación como norma
española precisamente de aquello
que sólo atendiendo a una defensa
de valores extraibéricos puede
sostenerse: lo “moderno”
(o lo “postmoderno”), lo “cosmopolita”,
lo capitalino frente a lo
recalcitrantemente “provinciano”.
El refrito mesetario de lo anglosajón
o parisino –adobado
convenientemente de resabios
subliminales de raíz imperial
castellana- es colocado por elevación
como alternativa ideológico-cultural
al combate de unas naciones
oprimidas en lucha por su soberanía
política.
Y
dentro de este panorama, la
“catalanofobia” juega un papel
de primera magnitud. Cataluña, como
país pionero en su reivindicación
nacional y al tiempo país
favorecido por el desarrollo
desigual y combinado del capitalismo
español, es centro objetivo del
ataque españolista. La combinación
de estos dos elementos –voluntad
de emancipación nacional y
capitalismo desarrollado, por tanto
imperialista frente a otras naciones
ibéricas- es la que permite al españolismo
jugar demagógicamente al
anticatalanismo y que esta maniobra
tenga eco entre las masas; no sólo
del Madrid alienado, de la Castilla
reseca, sino también de la Andalucía
dependiente e incluso de la
industrial y nacionalmente
concienciada Euskadi.
Y
todo ello ocurre sin que estas
mismas poblaciones caigan en la
cuenta de que este chauvinismo
generalizado anticatalán (“antipolaco”,
como dicen en el Ejército español)
no solamente refuerza en la propia
Cataluña a aquellos sectores
burgueses más xenófobos –que
pueden seguir así refocilándose en
el victimismo y en la presentación
del enfrentamiento entre pueblos
como presunta matriz de la condición
oprimida de la nación catalana-
sino lo que aún es más grave: es
un arma en manos del Estado burgués
español para sabotear en lo más
profundo cualquier reivindicación
de identidad y plena soberanía, no
sólo por parte de Cataluña sino
también por parte de las restantes
naciones oprimidas por el complejo
estatal burgués-militar españolista.
La
denuncia militante, radical y
permanente, de la “catalanofobia”
es una tarea primordial a
desarrollar por todos/as aquellos/as
que en sus respectivos países
pelean por sus derechos nacionales
y, aún más, pretenden unificar en
la voluntad antiestatal –por tanto
antiespañola- las demandas de
liberación social de las clases
trabajadoras de las varias naciones
ibéricas; pues –al menos desde
Josep Vicent Marqués- ya sabemos
que el trabajador no es sólo y
exclusivamente proletario sino también
mujer, homosexual, andaluz, vasco o
gallego al tiempo, siendo un empeño
inútil –y además
contrarrevolucionario- intentar
separar ambas cualificaciones
subversivas allí donde existen.
A
aclarar este problema en la medida
de nuestras modestas capacidades y
como introducción al tema, se
dedica este artículo.
I.
BASES DE LA IDENTIDAD
CATALANA.
Son
tres las bases en las que se
fundamenta la reivindicación política
nacional de Cataluña: la historia,
la lengua y la economía. Estos tres
elementos son los que han jugado,
expresamente o no, para basar la
existencia de Cataluña como pueblo
diferenciado –y oprimido- y servir
así de plataforma objetiva al
lanzamiento histórico de la
voluntad política (con raíz de
clase) de emancipación nacional. Un
fenómeno evidentemente posterior y
sólo influenciado, no directa y
linealmente producido –como quiere
presentar la burguesía- por estas
tres características
peculiarizadoras
El
desarrollo histórico de Cataluña
ha sido específico. Centro político
y económico de la Corona de Aragón,
adquirió en la Edad Media un nivel
comercial alto. Integrada desde la
conjunción dinástica entre Isabel
y Fernando en la Corona habsburguesa,
conservó gracias a la expresión
pactista de la unión –claramente
contrapuesta a lo que significó la
anexión militar directa e
inmediata, como en Andalucía-Canarias
– instituciones de autogobierno
propias al estilo de las comunes en
el Medievo fruto de la
multilateralización del Poder. Así
mantuvo códigos, monedas y mercados
autónomos. Sin caer en el error, a
nuestro juicio, de considerar a
Cataluña como una “nación”
–como hace Pierre Vilar- es
evidente la singularidad de Cataluña,
compartida a niveles político-jurídicos
con los otros países forales:
vasconavarro, valenciano, balear y
aragonés.
Este
paraguas legal bajo el cual se
cobijaba una sociedad con
estructuras diferenciadas permitirá
el mantenimiento –y aún acentuación-
de estas diferencias y la
continuidad de la lengua catalana
–lengua cristiana, lengua
de un país confederado, no de un país
conquistado-.
Casi
indemne de la rapiña fiscal
organizada por la Corona, Cataluña
se verá privada de estas
instituciones merced a la agresión
centralista borbónica. El Estado
español naciente tiende a hacerse
uno, indiviso; quiere fortalecerse
militar y políticamente a partir de
la concentración total del poder en
Madrid. La derrota catalana de 1714
–culminación del proceso ya
iniciado en 1640- y el Decreto de
Nueva Planta sellarán esta etapa. A
Cataluña se la compensará a lo
largo del siglo XVIII con la
apertura americana y Cataluña (o su
burguesía comercial al menos)
aceptará el “cambio”. Pero
en todo caso, la identidad del
pueblo catalán persistirá, aunque
no exista representación de ella en
el campo político. Cataluña no
conocerá genocidios culturales
forzados del tipo andaluz o canario.
Cataluña, aunque políticamente
inexistente, podrá seguir siendo
catalana.
Y
en esta persistencia, la lengua
catalana hará funciones de vehículo
histórico, de rasgo de evidente
diferenciación.
Lengua
oficial durante la pasada
independencia, durante la existencia
de la Corona semiconfederal; lengua
de la Iglesia catalana.
El catalán, aún expulsado
de las instituciones, pervivirá
como lengua del pueblo, de la
burguesía comercial barcelonesa, de
los campesinos poseedores, del
semiproletariado plebeyo de la
ciudad; lengua oprimida pero lengua
existente.
El
catalán será vinculo
homogeneizador y factor de
continuidad con el pasado, columna
vertebral de la propia identidad.
Cuando
cambie la coyuntura, cuando se
inicie el desarrollo capitalista
catalán, la lengua se convertirá
en bandera política. Su defensa, en
elemento aglutinador de la demanda
nacionalista.
Por
otro lado, la peculiar estructura
económica catalana favorecerá el
surgimiento de la conciencia de
diferenciación, transmutada a su
debido tiempo en voluntad de
construcción nacional.
Cataluña
tendrá una estructura agraria
basada en la pequeña y media posesión.
La aristocracia invertirá sus
rentas en el desarrollo industrial,
comercial y portuario. La autonomía
fiscal permitirá la acumulación de
capital y cuando esta autonomía
desaparezca el camino estará ya
trazado: será en la industria y en
el comercio, en el avance de la
manufactura y el tráfico, en donde
Cataluña podrá encontrar vías de
enriquecimiento. Se planteará así
de esa manera el “desafío
catalán”: conquistar para su
sector secundario –primero
manufacturero, después industrial-
el mercado español. El
proteccionismo será, pues, la
doctrina económica catalana
–coincidente así en cierto grado
con los intereses de la oligarquía
cerealista castellano-andaluza -La
pugna contra el librecambismo será
la forma en que se establezca la
lucha por la supremacía dentro de
las capas burguesas dominantes: de
un lado las que apuestan por un
desarrollo agroexportador vinculado
a la más directa dependencia
financiero-industrial con respecto
al imperialismo franco-británico;
de otro, quienes preconizan -¡Cataluña!-
un crecimiento industrial
concentrado en determinadas zonas
del Estado que mantenga dentro de
sus fronteras el grueso del
intercambio desigual campo-ciudad,
periferia-centro económico. Del
compromiso entre ambas posturas –y
con la debacle en medio de ellas de
zonas de inicial desarrollo
industrial, como fue la andaluza-
surgirá en su momento el bloque
burgués dominante en el Estado,
incapaz por su eclecticismo de
posibilitar una revolución burguesa
radical en el campo agrario e
institucional. Toda esta polémica,
amén de coartar desde su cuna la
capacidad de expansión del
capitalismo español, tendrá
especiales repercusiones para la
identidad catalana.
Cataluña
será industrial pero al tiempo
pequeño-burguesa. Multitud de
propietarios en el campo y en la
ciudad, se sentirán orgullosos de
su “laboriosidad”; de su
capacidad de “creación de
riqueza”. Se sentirán, pues,
desplazados injustamente tanto del
poder real como de las regalías que
supone la ocupación del poder
institucional. Los catalanes se verán
a sí mismos como “gobernados
desde fuera” por escribanos y
espadones incapaces de fructificar
nada pero sí de robarlo todo, en la
más vieja tradición española-castellana.
Sus criticas a “Madrid”
sonarán idénticas a las que en su
momento tronaron los criollos de América
Latina. ¡Y tendrán toda la razón!.
Los
catalanes –por boca de su burguesía
ascendente- dirán en 1835 en El
Nuevo Vapor: “Estamos
convencidos íntimamente de que el
catalán no ha nacido para medrar a
guisa de animal parásito en una
oficina publica; su misión parece
que es adelantar la industria, hacer
prosperar el comercio y a costa de
su sudor volver fértiles y feraces
los páramos más riscosos. Su dios
social es el Trabajo(...). Si sale
de su país y marcha a establecerse
en otros, planta allí un taller y
con su asiduo trabajo constituye a
los naturales en tributarios
suyos”.
Planteamientos
evidentemente distintos de las otras
capas burguesas no catalanas más
atadas a la explotación extensiva
de la tierra y a los tejemanejes
especulativos con participación en
la corrupción estatal. Así, la
ideología burguesa tendrá fácil
campo de expansión. La situación
de subordinación política
catalana, la extensión de las capas
propietarias, el orgullo por el
propio desarrollo, el desprecio al
retrasado centro agrario-burocrático;
todo ello, combinado con el papel
político iniciador de la
reivindicación nacional por parte
de la burguesía, teñirá la
ideología social catalana, la
propia caracterización de sí
mismos y de los demás de un claro y
oscilante color burgués y pequeño-burgués.
Progresivo frente a la
semifeudalidad ideológica
terrateniente, chauvinista en
inevitable grado frente a las
poblaciones “subdesarrolladas”
de los países dependientes y
antitéticamente contrapuesto a la
voluntad emancipadora independiente
e internacionalista propia del
proletariado.
Jaume
Balmes, en La Suerte de Cataluña
(1843), retratará fielmente la visión
catalana del Estado centralizador
con eje en Madrid: “La vida de
España está en las extremidades;
el centro está exánime, flaco, frío,
poco menos que muerto (...). En
Madrid y en todos sus alrededores,
nada a larguísima distancia
encontrareis (...) ni agricultura,
ni industria, ni comercio; a la
primera ojeada conoceréis que allí
hay una Corte, que allí se han
amontonado inmensidad de empleados,
con sus oficinas, con su orgullo
tradicional, su olvido del país que
gobiernan; os convenceréis de que
es una conquista sobre el desierto
(...) que esa conquista es muy
propia para lisonjear la vanidad
pero nada sirve para fomentar la
riqueza (...) es muy probable que
esperando de allá la vivificación
tengamos que contentarnos con
amontonar y archivar volúmenes de
decretos, ordenes e instrucciones,
circulares. ‘Lo que es papel, el
gobierno nos envía mucho’, decía
con admirable buen sentido un
sencillo aldeano’”.
Cataluña,
el país económicamente mejor
situado del Estado, no podrá “cambiar”
su prenacionalidad por el
desarrollo. No podrá repetirse el
esquema francés-provenzal. Será
ella la más capitalista y enfrente
no tendrá un competidor de su mismo
tipo sino una estructura económicamente
más débil que sólo podrá
utilizar en su contra la fuerza
militar administrativa cuando
intente pasar de la unificación política
a la unificación socio-económica.
Cataluña, inevitablemente, y con
las dudas y requiebros de su clase
dominante que durante cierto tiempo
aspira a ser hegemónica
directamente en el Estado
se construirá como nación. Esta
será la tarea del catalanismo, de
la catalanidad política.
II.
LA CATALANIDAD POLÍTICA
Sin
querer, ni mucho menos, profundizar
en la historia del catalanismo, es
evidente la influencia que para
cualquier consolidación nacional
tienen los movimientos políticos
que desde la vanguardia la
proclaman.
Aquí
surge otro problema: ¿considerar
como parte del movimiento nacional
–o de sus expresiones precursoras-
fenómenos contemporáneos de
contenido reivindicativo político-social
marcados por la realidad
diferenciada del país pero sin
cualificación
y autocalificación de carácter
nacional?. En esta cuestión cabría
la valoración del carlismo y de las
juntas revolucionarias liberales del
siglo XIX. Autonomía,
autogobierno en función de
viejos derechos periclitados o
sustraídos, incluidos en un
discurso más global; consecuencias
concretas de la lucha por el poder versus
autonomía, autogobierno,
necesarios para un pueblo diferente,
distinto, depositario en primera
instancia de su soberanía, en función
de su individualidad y en atención
a intereses de clases fundamentales
de su sociedad que apoyan esta
reclamación.
Optamos
por el segundo rumbo, que es, además,
el que diferencia históricamente la
senda catalana de –por ejemplo- la
andaluza. Juntas, rebeliones,
constituciones... son comunes. Lo
que caracteriza a Cataluña es,
primero, la persistencia social del
federalismo y, segundo, su “rápida”
reconversión operativa en
catalanismo, o sea, su tránsito de
movimiento de alcance explícitamente
estatal a corriente voluntariamente
centrada y reducida a la propia
realidad catalana. El movimiento político
que avanza en común en los dos países,
bajo el liderazgo pequeñoburgués
del republicanismo federal hasta
1883 (recordar la Constitución
republicana de Andalucía de ese año),
muere en el sur por falta de
cimentación de clase y se reformula
en Cataluña. Allí trabaja para
conectar con los intereses específicos
de una clase real: la burguesía
industrial-comercial catalana. La
formación de la Lliga Regionalista
será el acta de unión entre estos
políticos pequeñoburgueses de la
etapa anterior y la burguesía
catalana, revuelta tras el desastre
de 1898. Así, por primera vez,
se elaborará un programa y nacerá
un movimiento que intente recoger la
difusa conciencia de peculiaridad
formulándola en orden a la defensa
de unos concretos intereses de una
clase ascendente.
Por eso podemos decir que
–pese a todas las peripecias
anteriores- es la burguesía la que
encabeza formalmente la construcción
de Cataluña como Nación; lo que
durante un tiempo va a permitirle
llevar tras de sí a las abundantes
clases intermedias catalanas y
aislar al movimiento obrero de
ellas. Esos 20 años: 1883-1904, años
de trabajo molecular, encierran el
diferente camino a seguir y reflejan
las realidades socioeconómicas
distintas; pero son los años
posteriores, hasta la derrota de
1939, los que marcarán los
destinos.
Tras
un periodo de monopolio burgués
–combinado con debilidad
proletaria- los repetidos intentos
de dotar de una representación política
nacional a la pequeña burguesía
catalana del campo y la ciudad, autónoma
de una burguesía enfangada en la
colaboración con el Estado español,
darán como resultado la hegemonía
de la Esquerra Republicana. En ERC
se encontrarán tanto las
reivindicaciones de carácter
nacional más radicales –inasumibles
por la Lliga burguesa- como aquellas
específicas de esas capas que, ante
la inexistencia de alternativa política
nacional de carácter obrero,
tienden a autorepresentarse políticamente.
La
asunción por parte de sectores del
movimiento obrero del problema
nacional (POUM, de alguna manera
PSUC), la incapacidad de la Esquerra
–por su misma naturaleza de clase
de dar solución a la opresión
nacional, junto a la progresiva
polarización de clases –con su
consecuente dinámica
generalizadora- acabarán por
dinamitar cualquier monopolio sobre
la cuestión nacional.
La
derrota proletaria (iniciada en Mayo
de 1937 en la misma Barcelona),
consumada en 1938, conllevará no sólo
el fin de las esperanzas
emancipadoras del proletariado sino
también de la propia nación
catalana y de las capas más
identificadas material y
emotivamente con ella.
La
resistencia antifranquista (con
todas sus grandezas y todas sus
miserias) será una resistencia
nacional hegemonizada por los
partidos de clase (primero CNT,
después PSUC fundamentalmente),
ante la practica desaparición del
nacionalismo pequeño-burgués. Una
oposición que combinará las
perspectivas democráticas generales
con las sentidas reivindicaciones
específicas de clase, dentro de un
sueño de emancipación nacional de
Cataluña (y en el que el fenómeno
de la inmigración andaluza de los
60 no dejará de levantar
contradicciones que ya estudiaremos
en su momento).
Como
en muchos otros temas, la practica
política de la izquierda reformista
(esencialmente el “gran”
PSUC de los 60-70) no sólo tendrá
efectos negativos en lo que a cuanto
demandas de clase se refiere. Su
cadena de pactos en lo nacional, su
abandono formal de la reivindicación
de autodeterminación, regalará de
nuevo el problema a la burguesía
nacionalista –integrada ya
plenamente en el bloque burgués
dominante- a través de la mediación
pujolista, con su cubrealas de “izquierda”,
la menestral y verborreica Esquerra
reconvertida de Heribert Barrera. A
fin de cuentas, las reivindicaciones
catalanas fundamentales quedaran
insatisfechas: ni oficialidad
exclusiva del catalán, ni soberanía
plena ni autodeterminación.
¿Cuál
será el panorama final?. Una gran
escisión, producto de la ocasión
perdida de la Transición: la
frustración de la posibilidad de
que el movimiento popular encabezara
la lucha nacional. Un reforzamiento
del chauvinismo, de la ideología
burguesa, del vacío culto a los símbolos,
del folclore de Sardana y Moreneta
(aunque se pueda ver en TV3 Dallas
en catalán).
III.
RASGOS Y CAUSAS GENERALES DEL
ANTICATALANISMO
A
ESCALA IBÉRICA
Hemos
tenido que dar un rodeo pero ya
llegamos al tema central de este
articulo. Era necesario previamente
establecer los hechos provocadores
del fenómeno catalanófobo en
positivo para así comprender mejor
las formulaciones negativas que éste
tomará, tanto a escala general como
particular. Evidentemente además,
ahora al ir presentando las varias
actitudes anticatalanas no solamente
estaremos describiendo una relación
de envidia-odio hacia Cataluña;
simultáneamente estaremos
describiendo características
propias tanto del españolismo –la
ideología oficial de la burguesía
centralista y del aparato de Estado
español– como de las restantes
naciones ibéricas.
Como
se ha podido comprobar en las páginas
antecedentes, es innegable que el tópico
anticatalán tiene alguna relación
con la realidad, aunque vista con
ojos deformantes y voluntad
calumniadora. Es lo que siempre
ocurre con los tópicos. Para que
sean efectivos han de poseer algún
vinculo, bien que éste sea lejano,
con los hechos. Así, si al andaluz
se le ha llamado “vago”
no es ésta más que la presentación
burguesa –aún actuante, recordar
las críticas, socialdemocracia
incluida, a los trabajadores parados
del Comunitario– de la situación
de desempleo estacional crónico de
los obreros del campo. De la misma
manera, el carácter burgués-capitalista
dominante en la historia de Cataluña
ha dado lugar a la generalización a
toda una nación de las características
propias de su clase dominante,
prueba en definitiva de su
naturaleza diferenciada con respecto
a las otras capas explotadoras del
Estrado.
Históricamente
los catalanes han vivido en buena
parte del comercio. Con ello no
queremos ocultar la importancia del
agro catalán pero es indudable que
el operativo factor comercial,
inexistente en otras zonas, ha
marcado singularmente a los
catalanes antes incluso de su
desarrollo como país capitalista.
El catalán ha sido buhonero,
tratante, mercader; se ha
establecido en todos los rincones
peninsulares en donde hubiera cruce
de líneas de tráfico e
intercambio. Ha sido, pues “cosmopolita”
pero siempre catalán. Su lengua, su
actitud mercantil en medio de un
panorama señorial lo han
personalizado siempre. El catalán
ha sido, tras la expulsión de la
clase étnica hebrea, el sustituto
en la Península Ibérica del judío.
Así, ha despertado el odio no sólo
de los campesinos, sino también de
los oligarcas locales, de sus
competidores comerciales autóctonos.
Las deudas, la impotencia, la
imposibilidad de descalificación
semirreligiosa –el catalán es “cristiano
viejo”– han derivado en
xenofobia anticatalana. Los
catalanes han estado presentes desde
Antequera a las costas gallegas y
siempre se han distinguido por su
espíritu de grupo, por su
solidaridad étnico-clasista; han
hecho permanecer durante todo el período
precapitalista el espíritu de los “consulados”
catalanes de la Edad Media y,
aunque a efectos cuantitativos mucho
mayor ha sido el expolio de los
banqueros flamencos, genoveses o
alemanes, el catalán mercader,
prestamista o artesano, por su misma
modestia en comparación a éstos,
ha estado mucho más cerca de los
pueblos y por tanto ha recibido más
odio de ellos. Su condición de “extranjeros”,
súbditos de una misma Corona y
vecinos, ha despertado aún más
animadversión mientras se
comprobaba sus posibilidades
–derivadas de su foralidad– de
salvarse del robo organizado por el
Fisco imperial.
Los
restantes pueblos ibéricos, tras
siglos de convivencia con elementos
burgueses catalanes, han
generalizado a todos ellos esta
adscripción de clase y el
desarrollo capitalista posterior no
ha hecho más que fortalecer y aun
ahondar esta imagen representativa
que, en sí misma, oculta a otros
sectores incluso mayoritarios de la
propia Cataluña.
Por
otro lado, el amor del catalán a su
propia lengua, su rechazo a
abandonarla en cualesquiera
circunstancias, ha producido un
choque emotivo. El pancastellanismo
ha encontrado un rival que no se
somete. Las victorias político-militares
del castellano en Andalucía y
Canarias, la absorción de las
lenguas aragonesa y leonesa, el uso
vergonzante del gallego campesino,
etc no han tenido correspondencia
frente al orgulloso catalán, mucho
más consolidado y protegido por sus
instituciones públicas o privadas.
Para los castellanoparlantes
–incluso para los no
castellanos– ha sido
desgraciadamente afrenta el
comprobar que pese a la unificación
política forzada Cataluña no ha
arriado la bandera lingüística y
los que la rindieron en su día han
sentido envidia de esta constancia.
Además,
este carácter ha producido un
objetivo aislamiento de los
servidores del Estado burgués español
en Cataluña. Funcionarios,
maestros, fuerzas de represión...
todos ellos se han visto a sí
mismos sin posibilidad de integración.
La barrera lingüística ha
mantenido la claridad de posiciones
y cuando incluso las clases
dominantes catalanas han utilizado
la capacidad represiva, directa o
indirecta, del Estado siempre ha
quedado diáfana esa característica
utilitarista, mercenaria por
parte del lado estatal.
De
aquí también ha partido esa
inquina hacia lo catalán. El
enfrentamiento objetivo entre lo
catalán y lo “español”
ha sido inevitable, puesto que lo “español”
supone en sí mismo la negación de
lo catalán (y de lo vasco, lo
andaluz, etc). La disparidad de
ritmos de conciencia nacional
–todavía actuante– es la que ha
producido el conflicto. Mientras
Cataluña se ha consolidado como
nación, otros países peninsulares
comenzaban ese proyecto, causándose
así una desincronización utilizada
por el españolismo para ganar base
de masas. La construcción nacional
(sobre todo en nuestro caso, el de
la nación andaluza) de estos países
es una bomba de tiempo para el españolismo
y por tanto una ayuda objetiva para
Cataluña (pese a las reticencias
que puedan tener sus sectores
burgueses nacional-imperialistas).
Ahora
bien, todas estas variables se han
combinado de manera peculiar en las
distintas zonas ibéricas. A
continuación pasamos a estudiar la
especificidad del anticatalanismo en
Castilla y Madrid, País Valenciano
y Andalucía. Los escogemos pues en
cada uno de ellos este factor común
presenta rasgos diferenciales.
IV.
EL ANTICATALANISMO IMPERIAL
CASTELLANO. EL ANTICATALANISMO DE
MADRID.
Aunque
con rasgos comunes, es necesario
diferenciar la “catalanofobia”
de la Castilla campesina,
clerical y atrasada, del
anticatalanismo presente del
monstruo vampirista y burocrático
que es la urbe cortesana madrileña.
Castilla,
sin limites claros siquiera,
dividida, inarticulada; se vació
históricamente en la creación del
Estado e imposibilitada de mantener
su propia identidad, adoptó la “españolidad”,
cargada con sus propias referencias,
como programa e ideología.
Castilla
fue victima y verdugo. Castilla llegó
a la culminación querida por
cualquier torturador: que el
torturado apruebe la conveniencia de
su tormento y asuma la postura del
creador de su sacrificio.
Tras
las Comunidades, se cierra la
posibilidad de erección de una
burguesía comercial castellana. La
aristocracia –a su tiempo
convertida en burguesía oligárquica
terrateniente– será la que cree
la ideología dominante en Castilla.
El Imperio será la sublimación que
encuentren las masas campesinas
castellanas, no asalariadas sino
semipropietarias en su mayoría,
para olvidar su miseria. La dureza
del páramo se vertirá en la dureza
impositora del castellano, en su
orgullo de conquistador empobrecido.
El Estado será la salida económica
de Castilla, no de sus productos, no
de un desarrollo propio, antes al
contrario, será un cauce deformado
a través del cual se producirá un
ascenso social que empobrece aún más
la propia región. Castilla
semifeudal, Castilla paupérrima,
surtirá de militares y escribientes
al Estado. Sus Universidades formarán
las capas encargadas de cumplir la
función de reproducción ideológica
del Estado y por tanto del españolismo.
Castilla, creadora de la Inquisición.
Así,
Castilla odiará a su antítesis
catalana: productiva, comercial, técnica,
auto-centrada. La defensa de la
lengua catalana se verá como un
ataque a una de las pocas conquistas
de Castilla: la imposición de su
lengua como oficial del Estado.
Castilla no tolerará que si ella renunció (o la hicieron renunciar) a
ser ella misma, Cataluña no ceda.
Castilla, obligada a verse
representada en la Corte, a mirar
permanentemente a ella como lucero
indicador, no soportará que Cataluña
le vuelva la espalda y tenga a
Barcelona como faro orientador
abierto a Europa capitalista.
Castilla y su campesinado se sentirán
defraudadas al verse no sólo
colonizadas desde Madrid –lo que
ideológicamente les resulta
tolerable– sino lo que sí le
parecerá insultante, desde
Barcelona.
Cualquier
reivindicación de diferencia les
parecerá un ataque personal.
Castilla es “España” mal
que ello le haya significado su agonía
y, atada a ese carro esterilizador,
unirá a él sus destinos mientras
se consume a sí misma. Castilla, la
más pobre (por sus recursos
objetivos y por su estructura), será
la más reaccionaria, la más
anticatalana, y sólo los pequeños
focos industriales crearán oasis en
este erial españolista estático y
negativista.
En
Madrid actuará todo lo
anterior pero dentro de la
despersonalización megapólica
propia de la “aldea manchega”
engrandecida. La ideología
burocrática precapitalista se
acompañará de un falso
universalismo. La absorción de
poblaciones foráneas “descastellanizará”
relativamente la ciudad. Cambiará
la argumentación y el acento pero
se mantendrán los contenidos.
Madrid “superará” los
nacionalismos pretendidamente
provincianos y vacuos. Madrid, “abierta
al mundo”, se sonreirá con
aire de superioridad frente a la
tozudez de las “provincias”
(Cataluña la primera) por seguir
siendo ellas mismas. Madrid podrá
permitirse el lujo primero de
prostituir lo andaluz, después de
considerarse autónoma, vinculada
directamente al mundo moderno.
Ciudad artificial, hará de esta
artificiosidad bandera. Se reirá
socarronamente de verdiblancas,
ikurriñas y senyeras pero sólo se
sentirá identificada como tal
ciudad (otra cosa son sus clases
trabajadoras con conciencia política
y sus vanguardias) con la bandera
roja y gualda. Madrid,
inevitablemente, será reducto
objetivo del patriotismo español y
sólo un esforzado y sublime acto de
propia negación podrá dar un
resultado liberador y solidario.
Madrid
no aguantará la sombra de la Ciudad
Condal. Los aparatos centralizadores
con sede en ella marcarán la pauta
de su conciencia y todo lo más que
se podrá conseguir en ciertos períodos
es una tolerancia ambigua para con
las realidades de las naciones
oprimidas. Madrid, en definitiva,
anticatalanista cien por cien
(repito, exceptuando sus sectores
conscientes, internacionalistas) será
candidata al desmantelamiento. Ésta
será la única salida visto el
problema desde la periferia y con más
razón desde Cataluña, en donde
históricamente la alternativa a
Madrid se ha formulado en su momento
dentro de un discurso que no
comportaba obligadamente la superación
del sistema económico que ha
producido y mantiene al “hongo
mesetario” (otra cosa es la
realidad actual que exige acabar
junto con él con el propio
sistema).
V.
EL ANTICATALANISMO PARANOICO
DEL PAÍS VALENCIANO
“Como
fue poblado desde su conquista casi
todo de la nación catalana y tomó
della la lengua, y están tan paredañas
y juntas las dos provincias, por más
de trescientos años han pasado los
deste reyno debajo del nombre de
catalanes, sin que las naciones
extranjeras hiciesen diferencia
ninguna de catalanes y
valencianos”. Décadas de la
Historia de la Insigne y Coronada
Ciudad y Reyno de Valencia,
Gaspar Escolano, Valencia, 1611.
(Citado en Nosaltres els
valencians, de Joan Fuster).
Hablar
del anticatalanismo valenciano es
hablar de la propia naturaleza del
País Valenciano. Allí el
anticatalanismo no es siquiera
fundamentalmente un fenómeno
referido al exterior; es una cuestión
de propia introspección, de
definición sobre si mismos, de
polarización social y de
alternativa política de clase. Es
por tanto un tema que requiere por
si solo muchísimas más páginas,
esfuerzos y erudición de los que
caben en un pequeño apartado de un
articulo general sobre el
anticatalanismo. Desde el insigne y
profundamente humano Joan Fuster,
toda la izquierda sana del País
Valenciano se ha interrogado en los
últimos años a sí misma y a su
propio pueblo sobre lo que éste es
y/o debe ser. Así que ni por un
momento pensamos en sentar cátedra.
Simplemente es imposible obviar la
problemática especifica valenciana
dentro de una introducción sobre el
anticatalanismo.
El
País Valenciano se constituye por
la superposición violenta de la
conquista militar de la Corona
aragonesa, con la consiguiente
inmigración catalana, sobre el
sustrato, vamos a llamar “moro”,
autóctono del país.
El
anticatalanismo en el País
Valenciano surge de la propia
contradicción que encierra el
propio país. Un país que en sus
fronteras administrativas actuales e
históricas
nace bipolar; con unas zonas vitales
mayoritarias de raíz catalana inequívoca
(más “burguesas”) y
otras aledañas con influencias
aragonesas o castellanas (más “aristocráticas”)
finalmente unificadas en torno a
esta última referencia. Así pues,
el País Valenciano real para
resurgir sin trabas ha de purgar
primero a esos adherentes extraños
que la historia le ha implantado en
su carne; ha de escindir su tierra
para poder ser. Más aún, cuando su
propio ser es inexplicable e
inmantenible aislado de su matriz y
de su entorno histórico-cultural:
Cataluña, los Países Catalanes.
Ese
es el camino para la reconstrucci6n,
para la formulación de su propia
peculiaridad dentro de una unidad
superior –por supuesto no “España”,
sino los Países Catalanes–.
Ante
esto, el anticatalanismo será en el
País Valenciano, más que en ningún
otro sitio, la forma de masas con
que se encubra el españolismo. El
chauvinismo anticatalán no sólo
camuflará la defensa del Estado
opresor sobre una nación hermana;
conllevará la oposición a la
propia constitución como país. El valencianismo
político en su variante
regionalista será absolutamente
reaccionario y españolista porque
intentará artificiosamente separar
lo que es evidente que estaba unido
por la historia, la lengua, la
cultura y los intereses de las
clases oprimidas empeñadas en
acabar con el Estado que las
acogota.
Sus
bases no estarán en aquellas
comarcas no catalanas, como pudiera
pensarse. Antes bien, la lucha de
clases hará nacer la polémica
dentro del corazón inobjetable del
País: L’Horta valenciana. La
burguesía valenciana no cumplirá
históricamente el mismo papel que
la catalana. No tendrá ni su fuerza
ni su dinamismo; se montará en el
autobús españolista como hizo en
su momento la aristocracia
atemorizada por la rebelión
menestral y campesina de las Germanías.
Y esta coalición histórica (clases
dominantes-Estado español), con la castellanización
que encierra, continuará
actuando aunque cambien los sujetos
sociales preeminentes. Como en su
momento se formuló, la opción se
establecerá claramente: las clases
explotadas mirarán hacia Barcelona,
las explotadoras hacia Madrid. La
izquierda reunificará; la derecha
separará y manipulará. La
izquierda será nacional a fuer de
catalana, la derecha antinacional
por españolísima.
Inmantenible
el uniformismo en nuestros días;
impresentable la actitud resumida en
el grito hist6rico de “¡Viva
Cervantes!” (que no Ausias
March) propio del siglo pasado, la
burguesía se sacará de la manga
una caricaturesca “identidad
valenciana”, con una presunta
lengua como base. La forma de hablar
el catalán de los valencianos se
convertirá, por arte de
birlibirloque, en una nueva lengua
de origen desconocido, filológicamente
indefendible, con normas ortográficas
hechas a toda prisa. Algo así como
si nosotros los andaluces –desposeídos
por las lanzas de nuestra perdida yengwa
andalusina– empezáramos a
escribir cual hablamos el
castellano. En un tristrás habríamos
inventado una lengua con la misma
seriedad que tiene ese montaje que
es la “lengua valenciana”.
Hasta del nombre surgirán
decantaciones. La burguesía hablará
de “reino”, dentro
siempre de la “España
Grande”, se entiende. La
izquierda, de país (y el PSOE, como
buen ninot, se quedará en “comunidad”,
ni chicha ni limoná).
En
el País Valenciano, frente al
anticatalanismo castrador de su
propia identidad, defender al país
real, libre de limitaciones
impuestas y de híbridos, superador
de meras referencias folclóricas,
será defender a los Países
Catalanes; ser “catalanista”
VI.
EL ANTICATALANISMO ANDALUZ,
LA “CONCIENCIA NACIONAL DE LOS IMBÉCILES”.
Es
obligado decir al inicio de este epígrafe
que en cierto grado y en algunos
sectores –los más reaccionarios o
los más atrasados de la sociedad
andaluza– el anticatalanismo
andaluz repite ciertas posturas del
anticatalanismo castellano. Sin
embargo, lo más significativo no es
lo que tiene de común –cuando lo
tiene– sino lo que lo diferencia.
La
frase “¡qué quieren éstos,
si son los andaluces los que han
levantado Cataluña!” encierra
en sí misma la distinta visión, la
peculiar ubicación fruto de una
realidad específica. Y de esta
especificidad tenemos que partir
para analizar en sus justos términos
el anticatalanismo andaluz.
Andalucía
es un país dependiente. Un país
que fue conquistado militarmente en
su momento, que sufrió un genocidio
cultural masivo y que, como
consecuencia de él, se alienó en
su conciencia de su propia identidad
separada. Andalucía, junto a Cataluña,
estuvo en primera línea de todas
las revueltas particularistas del
siglo XIX. Sólo la falta de una
clase burguesa nacionalista con
intereses propios, distintos de la
oligarquía de origen extranjero
dominante en el aparato estatal y en
el propio país, hizo discurrir la
historia por senderos desiguales.
Andalucía, país agroexportador de
estructura latifundista, país
minero en manos del imperialismo,
perdió el tren –o se lo hicieron
perder– del crecimiento industrial
capitalista y a la postre quedó
reducida –la más favorecida por
la Naturaleza– a la condición de “colonia
interior”, compartida tanto
por la oligarquía central aliada
del imperialismo europeo como por
las avanzadas burguesía
vasco-catalanas. Un país rico en
recursos se transmutaba –merced al
capitalismo desigual– en uno en el
que la mayoría de su población
malvivía o se veía obligada a
emigrar al extranjero.
Precisamente
esa emigración –fenómeno que
empapa a todas las clases
trabajadoras andaluzas puesto que
todo el mundo ha pasado por ahí o
tiene un familiar que lo haya
hecho– es la que, de un lado, va a
“recrear” un
anticatalanismo sui generis, de otro
va a reconvertir el sentimiento de
marginación en incipiente
conciencia nacional formulada a través
de la demanda de autonomía y
autogobierno, fundamentalmente
encabezada por la clase obrera del
campo y la ciudad.
Centrándonos
en el anticatalanismo, habremos de
convenir en que en su origen -aunque
su resultado final sea su antítesis–
juegan instintos anticapitalistas y
antiimperialistas. Se odia al catalán
porque por un lado suele ser el patrón,
el capataz, el tendero; de otro,
porque se es confusamente consciente
de que el desarrollo catalán
implica el subdesarrollo andaluz
(dentro del capitalismo). Aquí
aparecen combinados dos fenómenos:
la resurrección, de una parte, de
la “judeización”
del catalán –catalán =
burgués–, de otra, la acción del
españolismo – ideología oficial
de la burguesía andaluza– que
intenta utilizar a los andaluces
como caballo de Troya antinacional
en Cataluña. La opresión nacional
de corte terrorista que sufre Cataluña
bajo el franquismo –época de la
masiva emigración andaluza–
significará la imposibilidad de
formulación clara y expresa por
parte de los catalanes de su
reivindicación nacional, quedando
su comprensión, por tanto,
ininteligible para los campesinos
inmigrantes (que es difícil que por
“ciencia infusa” lleguen
a entender el complejo mundo de la
cuestión nacional, como algún
zoquete catalán parece haberles
exigido). Al tiempo, el Estado
potenciará el chauvinismo anticatalán
bombardeando con las conocidas
expresiones “hable la lengua
del Imperio, hable en cristiano”.
Así
se superpondrán dos opresiones: la
del Estado español sobre Cataluña,
nación capitalista desarrollada
hegemonizada por su burguesía y la
de la clase trabajadora andaluza
explotada por ese mismo Estado y por
la burguesía catalana. Nuevamente
los árboles no dejarán ver el
bosque y se hará a los catalanes
extensiva la totalidad de la culpa
por el terrible sufrimiento
colectivo que padece el pueblo
andaluz.
Los
andaluces emigrantes –campesinos-
no entenderán la actitud catalana;
en sus manifestaciones defensivas
acerca de la propia identidad
catalana sólo verán prepotencia y
egoísmo. Su contacto limitado con
el pueblo catalán, gracias a su
marginación en guetos (Hospitalet,
San Boi, Santa Coloma, etc.),
presentará a los andaluces estos
gestos no como maneras
antifranquistas de expresión sino
como muestras de racismo antiobrero-antiandaluz.
Acostumbrados desde que vivían en
su país a escuchar que “hablan
mal el castellano” (?) se
encontrarán en Cataluña con que
son rechazados precisamente por
hablarlo y lo serán por gentes que
viven infinitamente mejor que ellos
lo hacían en sus puntos de origen. “¿Qué
quieren estos?”, se preguntarán
los andaluces.
Pese
a que los catalanes –incluso
vergonzosamente y hasta hoy en día
parte de sus “vanguardias”
políticas- los clasifiquen como “castellanos”
–por su lengua- el resultado en la
actitud de los andaluces sobre sí
mismos será distinto. La marginación
fortalecerá el propio orgullo, hará
rebuscar en las raíces, desbrozar
el grano de la paja; transcrecerá
la conciencia de identidad y los
andaluces de Cataluña se harán políticamente
más andaluces y por extensión harán
a los andaluces que sobreviven en su
país reflexionar sobre cómo
entender su liberación; ya no sólo
comprensible como una emancipación
pura de clase, ya también como una
emancipación nacional.
Desgraciadamente,
el proceso de ocupación del sitial
hegemónico dentro del movimiento
nacional catalán por la izquierda
clasista no fructificará, como ya
dijimos. Esto traerá consigo para
los andaluces, a través de sus
sectores de vanguardia, un retroceso
en la comprensión del problema
catalán que nuevamente –a nivel
de masas- se volverá cada vez más
a identificar con la burguesía
capitalista, escindiendo al
movimiento popular binacional en un
tema crucial.
Asimismo,
el lugar central económico, político,
vivencial, nacional, que tiene la
emigración a Cataluña sobredotará,
deformándola, la cuestión de la
opresión de Andalucía por los
capitalismos españoles, escorando
en exceso la responsabilidad y el
odio hacia lo catalán, presentado
como agente máximo de la explotación.
Utilizado
por sectores pequeño-burgueses en
absurda carrera por encontrar
burguesía nacionalista en la que
basarse, el anticatalanismo
–vergonzante manera de españolismo
camuflada de “andalucidad”
despuntada- se convertirá –para
mal de Andalucía y de Cataluña- en
la “conciencia nacional
andaluza de los imbéciles”, parafraseando
la frase de Bebel sobre el
antisemitismo. El anticatalanismo
sustituirá al que objetivamente
debería ser centro ideológico de
la reivindicación nacional
proletaria andaluza: el antiespañolismo.
El problema radicará en que el
antiespañolismo sólo puede ser
asumido desde una perspectiva
revolucionaria y esto conlleva un
cambio cualitativo en la conciencia
política de las masas trabajadoras
andaluzas y una modificación en la
correlación de fuerzas dentro del
movimiento obrero, pues el
reformismo –tanto en Cataluña
como en Andalucía- es
vergonzosamente españolista.
Además,
la izquierda catalana sensible ante
el tema nacional desde una posición
de clase, se quedará –como ya
hemos apuntado- retrasada frente a
la realidad. Entenderá la afirmación
andaluza en Cataluña como una
manera de lerrouxismo,
no como una manifestación más de
un proceso de construcción nacional
de Andalucía complejo y
multivariado. No atisbará que la única
posibilidad de reenganchar con
rigurosidad a los andaluces de
Cataluña en la lucha de emancipación
nacional catalana parte del
reconocimiento nacional de la
comunidad andaluza. Para ayudar a
los catalanes, los andaluces han de
ser más políticamente andaluces aún,
por tanto menos o nada “españoles”.
Esta es una cuestión política aún
irresuelta.
Por
supuesto que esto no conlleva la
necesidad de organización y
representación separada como
mantuvo en su momento –con éxito,
60.000 votos- la demagogia
andalucista de Rojas Marcos.
Los trabajadores andaluces en Cataluña
–el 100% de la comunidad en la
practica- han de organizarse según
criterios de clase en organizaciones
comunes con sus hermanos catalanes
pero estas formaciones, para que
tengan éxito en su vinculación de
los andaluces -no como individuos
aislados sino como comunidad-, han
de reconocer públicamente su
estatus binacional y ser avanzadas
desde Cataluña en la lucha de
Andalucía por su Soberanía
Nacional. Así, la solidaridad será
de doble vía, no unidireccional y
el internacionalismo no formal sino
real.
Así
también las organizaciones
catalanas que quieran destruir el
anticatalanismo deberán desterrar
el “absorcionismo”. Los
andaluces son y serán andaluces, en
su mayoría al menos, hasta que
puedan retornar a su patria. Hay que
admitirlo y sacar conclusiones de
esta “voluntad de retorno”
imposibilitada de consumarse por la
situación de dependencia y
explotación cuasicolonial de
Andalucía, no por falta de ganas de
los andaluces. Claro que todo esto
–una vez asumido junto a todo lo
anterior- no tiene por qué
significar cejar en el esfuerzo por
la integración practica temporal,
desde la propia referencia nacional,
en la nación catalana. Una vez
asumida esta posición
internacionalista se puede y se debe
continuar en el esfuerzo de hacer
participes a los andaluces en la
defensa de la lengua catalana, en la
reconstrucción nacional catalana;
será la forma de demostrar esta
nueva unificación popular pero
siempre haciendo constar que no
existe voluntad anexionista sino
respeto y solidaridad mutuos.
La
lucha contra el anticatalanismo en
Andalucía, aunque no con el mismo
grado que en el País Valenciano,
forma parte del propio proceso de
construcción como nación.
Desterrar el anticatalanismo hasta
su exterminación es un trabajo
obligado en el combate por la
liberación nacional de Andalucía.
El enemigo popular ha de ser el
enemigo real, no el que la ideología
dominante nos quiere presentar para
así abortar nuestro desarrollo político
e ideológico y desviar nuestros
dardos.
Andalucía
tiene que ser catalanófila, españófoba
y radicalmente antiburguesa si
quiere ser Andalucía hasta sus
ultimas consecuencias, tal y como le
interesa a sus clases trabajadoras.
VII.
CONCLUSIONES