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Elecciones USA 200

EE.UU., la dictadura de las grandes empresas

JAVIER GARCÍA*

 

Acaban de celebrarse las elecciones presidenciales en EE.UU., el país más poderoso del mundo, que además encabeza la agresión militar contra Irak. En medio de una guerra neocolonial con más de mil militares norteamericanos muertos y al menos otros diez mil heridos, el pueblo norteamericano ha experimentado una importante polarización social que no ha sido suficiente para derrocar a Bush.

La reelección de Bush se ha producido en un contexto de irregularidades que en cualquier democracia pondrían bajo sospecha la legitimidad del resultado.

En el "país de la libertad" para poder votar tienes que inscribirte primero en el registro electoral. Al no existir ningún control federal se ha dado el caso de personas inscritas en varios estados que han votado varias veces. Pero esto no es nada comparado con los personajes famosos de comics que aparecen inscritos en el censo electoral, al igual que personas reales que llevan muertas varias décadas o vivos cuyos nombres salen repetidos hasta 40 veces. Mientras -según
el periodista Greg Palas- aproximadamente un millón de votantes, la mayoría de las minorías pobres, fueron borrados de las listas de registro antes del inicio de las votaciones, a los que hay que añadir otro millón de votos anulados también procedentes de estos sectores sociales.

A esto se añade la ley que prohíbe a cinco millones de ciudadanos y ciudadanas con antecedentes penales ejercer su derecho al voto. Son algunas de las paradojas del sistema electoral de un país, EE.UU., que se atreve a dar lecciones de democracia al mundo usando incluso su poderoso arsenal militar. 

Irregularidades

Hay casos bien documentados de decenas si no cientos de miles de papeletas desaparecidas, ejemplos de registros y listas de votantes fraudulentas, además de errores graves cometidos por las máquinas ATM para votar y que han utilizado unos 45 millones de personas.

En Florida, el estado gobernado por el hermano de Bush, responsables de las mesas electorales denunciaron que había urnas que ya estaban llenas cuando comenzaron las votaciones. Votantes de barrios negros se encontraron que los colegios electorales estaban cerrados o recibieron cartas días antes diciéndoles que debido a una reestructuración de las votaciones los republicanos deberían votar el martes -el día de las elecciones- y los demócratas el miércoles.

En Filadelfia, se denunciaron numerosas irregularidades, especialmente en los barrios negros que incluían máquinas rotas e intentos de intimidación a los votantes.

Democracia fraudulenta

El llamado ‘paraíso de la democracia’ utiliza un complicado sistema electoral regulado por una ley de 1787 donde los 50 estados envían delegados, según la población, a un Colegio Electoral que es quién designa al Presidente, pudiéndose dar el caso como ocurrió hace cuatro años que el perdedor -el demócrata Al Gore- tuviera más votos populares que el ganador, Bush.

Esto ocurre por dos causas. La primera es que los delegados que los estados mandan al Colegio Electoral no se ajustan al principio de una persona, un voto. Por ejemplo, Dakota del Norte envía tres delegados (a razón de uno por cada 217.000 residentes), mientras que Nueva York envía 31 (a razón de uno por cada 645.000 residentes).

La segunda razón es que al utilizarse el sistema mayoritario el ganador de un estado aunque haya alcanzado la victoria por un solo voto se asigna todos los delegados de ese estado.  

Los ricos deciden

En el ‘país de la oportunidades’ sólo tienen posibilidades reales de presentarse a unas elecciones los que tienen dinero. O mejor dicho, los que logran el apoyo de las grandes empresas y bancos que son los que financian las costosas campañas electorales en EE.UU. En estas elecciones, por ejemplo, sólo en anuncios de radio y televisión se han gastado el doble que en 2000.

Entre las empresas que han apoyado a Bush se encuentran las consultoras financieras Morgan Stanley y Merril Linch (esta última acusada por la Comisión de Valores norteamericana de emitir análisis engañosos), la emisora de tarjetas de crédito MBNA, los bancos de inversiones Goldman Sachs y UBS Americas o la auditora Ernst & Young.

Pero Kerry no se queda atrás. Le han financiado el holding Time Warner (que posee los estudios Warner Bross y Hanna-Barbera; las revistas Time, Fortune, Life y otras 30 más; las discográficas Atlantic y Warner; la cadena de noticias CNN;  Road Runner, el segundo operador de cable de EE.UU. y hasta clubs deportivos), la firma de abogados Piper Rudnick (que contrató el Gobierno del PP para que Aznar lograra la Medalla del Congreso norteamericano) o el banco Citigroup.

Las grandes empresas son las que deciden de antemano quién va a ser el presidente de EE.UU. limitándose los electores a ratificar lo que los magnates de las finanzas has decidido por ellos.

Kerry no era alternativa

Como todo el mundo sabe el que paga al flautista elige la melodía. Kerry no podía representar ninguna alternativa real a Bush porque responde al mismo núcleo de poder al que pertenece Bush: los círculos históricos del poder económico norteamericano (las llamadas doscientas familias) y los nuevos tiburones de las multinacionales coaligados con la industria de guerra.

Así, Kerry, coherente con su apoyo a la invasión de Irak y su voto a favor del presupuesto más militarista de la historia de EE.UU., prometió el envío de más soldados y dinero para asegurar la ‘pacificación’ de Irak. En el terreno económico, Kerry tampoco aportó recetas claras para poder superar el déficit de 415.000 millones de dólares en que Bush metió al país tras cuatro años de Gobierno, ni propuso ningún plan serio para dar trabajo a los más de 30 millones de personas que han visto destruidos sus puestos de trabajo en este primer mandato de Bush junior.

Millones de norteamericanos, el 40% del electorado, no fue a votar porque correctamente no veían ninguna diferencia sustancial entre un candidato y otro. Y los que votaron por Kerry, en un amplio porcentaje, fueron movidos por una oposición a Bush más que por un apoyo a Kerry. Precisamente la similitud de mensajes y promesas de ambos candidatos en el contexto de la guerra de Irak y la ‘cruzada contra el terrorismo’ ha beneficiado a Bush dado que siempre se tiende a preferir al original que a una mala copia.  

Independencia de clase

La única alternativa que tienen los trabajadores norteamericanos para defender sus intereses, sus empleos y condiciones de vida, para acabar con la guerra y defender las libertades amenazadas es adoptar una política de independencia de clase. Optar por una alternativa capitalista como es el partido demócrata sólo les llevara por el mismo camino de sufrimiento y guerra que hasta ahora. Lo que necesitan es auto-organizarse para construir su propio partido obrero y dejar de confiar en una de las dos opciones que presenta la clase dominante norteamericana.

6 de noviembre de 2004

* Javier García es miembro de la Permanente Nacional de CUT-BAI y activista del Foro Social de Sevilla