Acaban
de celebrarse las elecciones
presidenciales en EE.UU., el país más
poderoso del mundo, que además
encabeza la agresión militar contra
Irak. En medio de una guerra
neocolonial con más de mil militares
norteamericanos muertos y al menos
otros diez mil heridos, el pueblo
norteamericano ha experimentado una
importante polarización social que no
ha sido suficiente para derrocar a
Bush.
La reelección de Bush se ha producido
en un contexto de irregularidades que
en cualquier democracia pondrían bajo
sospecha la legitimidad del resultado.
En el "país de la libertad"
para poder votar tienes que
inscribirte primero en el registro
electoral. Al no existir ningún
control federal se ha dado el caso de
personas inscritas en varios estados
que han votado varias veces. Pero esto
no es nada comparado con los
personajes famosos de comics que
aparecen inscritos en el censo
electoral, al igual que personas
reales que llevan muertas varias décadas
o vivos cuyos nombres salen repetidos
hasta 40 veces. Mientras -según el
periodista Greg Palas- aproximadamente
un millón de votantes, la mayoría de
las minorías pobres, fueron borrados
de las listas de registro antes del
inicio de las votaciones, a los que
hay que añadir otro millón de votos
anulados también procedentes de estos
sectores sociales.
A
esto se añade la ley que prohíbe a
cinco millones de ciudadanos y
ciudadanas con antecedentes penales
ejercer su derecho al voto. Son
algunas de las paradojas del sistema
electoral de un país, EE.UU., que se
atreve a dar lecciones de democracia
al mundo usando incluso su poderoso
arsenal militar.
Irregularidades
Hay
casos bien documentados de decenas si
no cientos de miles de papeletas
desaparecidas, ejemplos de registros y
listas de votantes fraudulentas, además
de errores graves cometidos por las máquinas
ATM para votar y que han utilizado
unos 45 millones de personas.
En
Florida, el estado gobernado por el
hermano de Bush, responsables de las
mesas electorales denunciaron que había
urnas que ya estaban llenas cuando
comenzaron las votaciones. Votantes de
barrios negros se encontraron que los
colegios electorales estaban cerrados
o recibieron cartas días antes diciéndoles
que debido a una reestructuración de
las votaciones los republicanos deberían
votar el martes -el día de las
elecciones- y los demócratas el miércoles.
En
Filadelfia, se denunciaron numerosas
irregularidades, especialmente en los
barrios negros que incluían máquinas
rotas e intentos de intimidación a
los votantes.
Democracia
fraudulenta
El
llamado ‘paraíso de la
democracia’ utiliza un complicado
sistema electoral regulado por una ley
de 1787 donde los 50 estados envían
delegados, según la población, a un
Colegio Electoral que es quién
designa al Presidente, pudiéndose dar
el caso como ocurrió hace cuatro años
que el perdedor -el demócrata Al Gore-
tuviera más votos populares que el
ganador, Bush.
Esto
ocurre por dos causas. La primera es
que los delegados que los estados
mandan al Colegio Electoral no se
ajustan al principio de una persona,
un voto. Por ejemplo, Dakota del Norte
envía tres delegados (a razón de uno
por cada 217.000 residentes), mientras
que Nueva York envía 31 (a razón de
uno por cada 645.000 residentes).
La
segunda razón es que al utilizarse el
sistema mayoritario el ganador de un
estado aunque haya alcanzado la
victoria por un solo voto se asigna
todos los delegados de ese estado.
Los
ricos deciden
En el
‘país de la oportunidades’ sólo
tienen posibilidades reales de
presentarse a unas elecciones los que
tienen dinero. O mejor dicho, los que
logran el apoyo de las grandes
empresas y bancos que son los que
financian las costosas campañas
electorales en EE.UU. En estas
elecciones, por ejemplo, sólo en
anuncios de radio y televisión se han
gastado el doble que en 2000.
Entre
las empresas que han apoyado a Bush se
encuentran las consultoras financieras
Morgan Stanley y Merril Linch (esta última
acusada por la Comisión de Valores
norteamericana de emitir análisis
engañosos), la emisora de tarjetas de
crédito MBNA, los bancos de
inversiones Goldman Sachs y UBS
Americas o la auditora Ernst &
Young.
Pero
Kerry no se queda atrás. Le han
financiado el holding Time Warner (que
posee los estudios Warner Bross y
Hanna-Barbera; las revistas Time,
Fortune, Life y otras 30 más; las
discográficas Atlantic y Warner; la
cadena de noticias CNN;
Road Runner, el segundo
operador de cable de EE.UU. y hasta
clubs deportivos), la firma de
abogados Piper Rudnick (que contrató
el Gobierno del PP para que Aznar
lograra la Medalla del Congreso
norteamericano) o el banco Citigroup.
Las
grandes empresas son las que deciden
de antemano quién va a ser el
presidente de EE.UU. limitándose los
electores a ratificar lo que los
magnates de las finanzas has decidido
por ellos.
Kerry
no era alternativa
Como
todo el mundo sabe el que paga al
flautista elige la melodía. Kerry no
podía representar ninguna alternativa
real a Bush porque responde al mismo núcleo
de poder al que pertenece Bush: los círculos
históricos del poder económico
norteamericano (las llamadas doscientas
familias) y los nuevos tiburones
de las multinacionales coaligados con
la industria de guerra.
Así,
Kerry, coherente con su apoyo a la
invasión de Irak y su voto a favor
del presupuesto más militarista de la
historia de EE.UU., prometió el envío
de más soldados y dinero para
asegurar la ‘pacificación’ de
Irak. En el terreno económico, Kerry
tampoco aportó recetas claras para
poder superar el déficit de 415.000
millones de dólares en que Bush metió
al país tras cuatro años de
Gobierno, ni propuso ningún plan
serio para dar trabajo a los más de
30 millones de personas que han visto
destruidos sus puestos de trabajo en
este primer mandato de Bush junior.
Millones
de norteamericanos, el 40% del
electorado, no fue a votar porque
correctamente no veían ninguna
diferencia sustancial entre un
candidato y otro. Y los que votaron
por Kerry, en un amplio porcentaje,
fueron movidos por una oposición a
Bush más que por un apoyo a Kerry.
Precisamente la similitud de mensajes
y promesas de ambos candidatos en el
contexto de la guerra de Irak y la
‘cruzada contra el terrorismo’ ha
beneficiado a Bush dado que siempre se
tiende a preferir al original que a
una mala copia.
Independencia
de clase
La única
alternativa que tienen los
trabajadores norteamericanos para
defender sus intereses, sus empleos y
condiciones de vida, para acabar con
la guerra y defender las libertades
amenazadas es adoptar una política de
independencia de clase. Optar por una
alternativa capitalista como es el
partido demócrata sólo les llevara
por el mismo camino de sufrimiento y
guerra que hasta ahora. Lo que
necesitan es auto-organizarse para
construir su propio partido obrero y
dejar de confiar en una de las dos
opciones que presenta la clase
dominante norteamericana.
6
de noviembre de 2004
*
Javier García es miembro de la
Permanente Nacional de CUT-BAI y
activista del Foro Social de Sevilla